Retrato de un Libertino

No es la literatura de aquella época una literatura particularmente “retratista”. A la pintura del retrato, todavía abundante aunque en gran parte de encargo, se opone una novela nueva, más corta que los novelones barrocos del siglo anterior, más realista que las grandes tragedias de Corneille o de Racine, más adaptada a la lectura íntima y en silencio, toda una novedad, que las comedias de Molière, menos clásica, nada amiga de retratos, figura retórica clásica por excelencia. Sterne, el autor inglés de Vida y Opiniones de Tristam Shandy, Caballero, esa novela que tanto inspiró al Diderot de Jacques el fatalista, lo soluciona porponiendo al lector que escriba él en su lugar el retrato de “la mujer más bella del mundo”, porque nunca podrá él describir una a gusto de todos los lectores.

Pero en las innumerables novelas libertinas que acompañaron a los muchos libertinos de aquel tiempo encontramos casi siempre una descripción más o menos detallada del personaje, héroe o anti-héroe, de cuyas peripecias vamos a ser testigos. La razón podría ser la de cierto clasicismo conservador de la novela libertina debido a su origen esencialmente aristocrático. Sin embargo, no es así: la novela libertina contribuyó, y mucho, a la evolución del género, y si no, no hay más que leerse cualquiera de las de Crébillon. Novela codificada, la filosofía del libertino, sus principios de comportamiento, son también principios de escritura.

Libertino no puede serlo cualquiera. Ha de reunir ciertos requisitos. Si el héroe fracasa en su intento de seducción, que no sea por no ser un libertino de verdad. Y eso ha de quedar claro, así que hay que decir que ese personaje es un auténtico libertino.

Pero es que, además, sobre todo diría yo, el lector de una novela libertina es un potencial aprendiz de libertino. La novela libertina es una novela de iniciación, “educativa”, y el aprendiz de libertino tiene que aprender a ser libertino. Esa es, al menos, la intención del autor; en ella reside el famoso “peligro de las lecturas de novelas” contra la que ponían en guardia no sólo confesores, jesuitas y buenas madres, sino el propio Rousseau en la Nueva Héloïse, su gran novela: “En efecto, dice Rousseau, emplear la vía de la instrucción para corromper a una mujer es, de todas las seducciones, la más condenable; y querer enternecer a una amante con ayuda de novelas es no tener suficientes recursos uno mismo”. ¿Envidiaba el tímido Rousseau la galantería libertina? Probablemente.

Aprendamos, lectores poco impresionables por la virtud rusoniana, a ser libertinos desde el principio. Desde sus apariencias.

Mélite vivía familiarmente con los hombres, y sólo las buenas gentes y sus amigos íntimos sabían que no era por galantería. Y es que sus aires, sus discursos ligeros, sus maneras libres daban lugar a tal prevención. El Marqués de Trémicour quería comprometerla, y se había jactado de poder conseguirlo sin dificultad. Era un hombre de los que pueden esperar, antes que ningún otro, ser objeto del capricho de las mujeres. Era magnífico, generoso, lleno de espíritu y de gusto, y pocos hombres podían, con justicia, presumir de tener tantos atractivos como él. (Jean François de Bastide, La Petite-Maison, 1750)

De Mélite, uno de los personajes femeninos más interesantes de la literatura libertina, ya tendremos ocasión de hablar. Digamos simplemente que si Mélite aparece en cabeza de la descripción del libertino Trémicour, al principio de la novelita, es porque el libertino se define, antes que nada, por ser un seductor, sólo existe en función de su víctima.

Pero no adelantemos acontecimientos. Detengámonos, por el momento, en el retrato de Trémicour. Según la retórica clásica, el personaje debe, antes de ser descrito, ser nombrado. Y Trémicour lo es, pero el título precede al nombre. ¿Qué puede importarnos que el personaje se llame Trémicour, Valmont o Meilcour? Para un lector francés del siglo XVIII, unos apellidos así ya evocan un origen noble. Pero es importante insistir en ello. Porque es la primera condición para ser un “libertino de calidad”, como lo era el propio Regente, Felipe de Orléans, uno de los primeros Pares de Francia.

Nuestro Trémicour es atrevido. Mélite no es una mujer cualquiera. Tiene una educación superior a la normal entre las mujeres nobles de su época, que se limitaban a aprender someramente a leer y escribir, a cantar y tocar un instrumento, a bailar, a conversar, a coser y bordar, a llevar una casa, y poco más. A ser buenas esposas y madres. Pero Trémicour está seguro de sí mismo, y sabe que la conseguirá. Incluso se jacta de ello en sociedad, delante de sus amigos, sin importarle que llegue a oídos de Mélite.

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